De MolinoLab, y todo el fulgor de la organicidad y tecnología que allí prospera, siento que el mayor símbolo es ese umbral que separa la nave laboratorio de la profundidad del prado abierto al horizonte. Ese puente entre la vida que se da afuera y adentro, abona la creación, la amplitud de miras, la pausa, la dirección y las mentes, y tanto humanos como perros, gallinas, gramíneas, drones o abejorros, airean los flujos de corriente de ese umbral que permiten que se alineen los sistemas bajo la supervisión de robototem, ese ser solarpunkero que emigró hace unos años de la ciudad al campo.
El molino hoy, está parado, pero hay un mecanismo de ruedas invisibles que mantiene la molienda activa.
Este fin de semana llegamos alrededor de 40 seres, que fuimos deglutidos en el molino, conducidos por sinfonías bióticas VR, sistemas ambisonics, BPM moviendo pixeles, realidades virtuales de futuros posibles, videowalls y ecos diafónicos visuales. El estaño fluyó por muchas manos sellando componentes a circuitos para generar theremines, noisers y video mixers, y muchos desbloqueamos la nueva necesidad de tener un soldador.
Ruido amplificado bajando a las profundidades del caos para rescatar alguna “estrella danzante”, la percusión afrocolombiana “Prendió la vela” y un palo de fuego giró como rueda de molino. Rituales visuales, movimientos computacionales, tensiones musculares sensorizadas que switchean sonidos y conversaciones, alquimia espaciotemporal y alquimia con gases nobles, estallidos electromagnéticos que alteran sintetizadores, láseres atravesando nubes de humo y flotando en los sonidos ambient que nos dejaron suaves como la harina para el buen dormir.
Dice la IA de turno que el principio de la molienda, es que la energía cinética del sistema se transfiere al material y, que parte de esa energía produce: fractura, calor, vibración y sonido. De todo eso tuvimos en esta edición de Interactivas Fest. Llegó buena materia prima, pero el molino convirtió la canela en rama en canela fina.
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